La distancia más corta entre dos puntos es SIEMPRE la línea recta”
Así lo dijo, enfatizando el SIEMPRE. Por eso le presté atención. Por eso y porque al terminar de escribir la frase el ínfimo cachito de tiza con el que puso las últimas comillas se metió entre sus uñas y bajó por toda la pizarra verde haciendo que todas las niñas nos lleváramos las manos a los oídos y ahogáramos un “ayyyyyyyyyyyyyyyyyyyyy” que enseguida fue reconvenido por la Madre Pilar, nuestra profesora de aquél curso. No consentía que nada distrajera a sus alumnas de sus importantísimas enseñanzas. Las ventanas de mi clase eran translúcidas. No se veía claramente lo que pasaba en la calle pero se adivinaba un ir y venir de gente, de coches, de semáforos que cambiaban de color y permitían escuchar los exabruptos que los conductores soltaban cuando no les daba tiempo a pasarlos. A esos bufidos solían seguir unas risitas de niñas de colegio de monjas que, probablemente, habrían oído cosas mucho peores en sus propias casas pero, en una clase presidida por un crucifijo y con una monja mirándonos severamente desde la tarima, convertía aquella pequeña tontería en un circo de tres pistas. Pupitres que se levantaban para ocultar las caras de risa. Bolis que se caían al suelo y tardaban mucho más de lo necesario en aparecer mientras a sus dueñas les daba tiempo a recomponer el gesto. Babis que se subían hasta la cara para ahogar una carcajada. Definitivamente, no había nada que alegrara más nuestras mañanas que un conductor que no llegara a tiempo de cruzar el semáforo. Pero no era todo eso lo que a mí me impedía enterarme de lo que me estaban contando aquellas sesudas enseñantes que llevaban un crucifijo de plata al cuello y una alianza también de plata en el anular de la mano derecha, símbolo de su unión perpetua con el Señor y arma peligrosa donde las hubiera, que se clavaba en el centro exacto de tu frente como se te olvidara una coma de la lección que te tocaba cantar ese día. No. Lo que más me gustaba era la lluvia. Porque cuando yo era pequeña, en Bilbao, llovía casi todos los días. Y a través de los cristales traslúcidos se podía adivinar si la lluvia era fina y tendrías que volver por la tarde a clase con los horribles zapatones de agua que tu madre te había comprado para esos días en los que “siesnoes” o si, por el contrario, la lluvia iba a ser tan fuerte que te iban a permitir ponerte las maravillosas katiuskas con las que podías saltar por todos los charcos, eso sí, remangándote bien los bajos del impermeable que te habían comprado para días como esos, no fuera que te los salpicaras y a ver quién sacaba esas manchas de barro. El uniforme azul marino te lo colocabas a modo pañal y te lo metías por la cinturilla del pichi. Así estaba fuera de peligro. Solo tus piernas llevaban la marca del delito y no había restregón materno incapaz de hacerlas desaparecer. La felicidad era completa si, a la lluvia, se añadía el frío y te permitían ponerte bufanda y guantes. Yo siempre deseé añadir al conjunto un gorro de lana pero, designios de la extraña mente de mi madre, no le parecía necesario que llevara la cabeza cubierta. Para eso tenía un paraguas y una buena manta de pelo que le hacía romper más de un cepillo al mes. Así que, el día en que en mi colegio enseñaron que la distancia más corta entre dos puntos es siempre la línea recta, mi mente estaba pensando en que la lluvia cae, a veces, recta y finita, como sin ganas, “sirimiri”, “calabobos” y otras veces cae de lado, “racheada” y, lo más de lo más, con tanta fuerza y un viento tan fuerte que, a veces, a la salida, en vez de a tu madre con el bocadillo de todos los días, te encontrabas a tu padre que había sacado el coche para irte a buscar y, encima, te había comprado un bollito de mantequilla. No se podía ser más feliz. Y esto, sin duda es una enseñanza que me ha sido del todo inútil a lo largo de mi vida pero que me gusta muchísimo recordar. La otra, la de la corta distancia que une a la recta con los dos puntos, no me la aprendí nunca. O puede que sí, que se quedara en mi subconsciente, o en mi inconsciente, o en la parte de mi cerebro que siempre sale a flote cuando maldita la falta que me hace ya darme cuenta de que tenía ese conocimiento en mi cerebro y no apareció justo en el momento en el que más falta me hacía usarlo. Y así he ido por la vida. Recorriendo larguísimos caminos que podría haber cruzado en dos zancadas si aquél día no hubiera estado tan preocupada por la lluvia. Podría decir que lo positivo es que, al dar tantos rodeos para llegar a los sitios, he tenido la suerte de vivir maravillosas experiencias, conocer lugares insospechados y abrazar amistades de esas que una siempre llevará consigo hasta el final de sus días. Pero estaría mintiendo. Lo único que he conseguido ha sido llegar siempre exhausta al final de mi camino, mientras los demás ya estaban allí, duchaditos y oliendo bien, tomándose una copa, tras una copiosa y calentita cena y enseñándome la tasca de mala muerte donde, a lo mejor, con un poco de suerte, les había sobrado algún pincho del mediodía y todavía no habrían apagado la cafetera. Y, ahora, que soy una mujer adulta y que, por fin, he aprendido la lección, resulta que no me sirve de nada. Porque hay cosas que solo tienes una oportunidad para que se fijen en tu cerebro y aplicarlas el resto de tu vida. Y esta es una de ellas. Porque han sido demasiados años tomando el camino equivocado. Y cuando te equivocas tanto, ningún acierto te ayuda a tapar todos los desaciertos anteriores. Y, además, cuanto más empeño pones en seguir la maldita línea recta que acortará la distancia que hay entre el punto en el que tú estás y el punto al que quieres llegar, más te vas perdiendo. Y te das cuenta de que te vas saliendo de tu camino, una y otra vez. Aunque te empeñes en seguir a los que sabes que van en la dirección correcta. Aunque veas al punto al que aspiras llegar con toda la nitidez del mundo y sepas que está ahí, esperándote, haciéndote señales para que no te vuelvas a perder y que estás a punto de tocarlo con tus manos y que tocar ese punto te va a dar la misma sensación que tocar el cielo con tus manos. Aunque sepas tantas cosas, también sabes que nunca lo vas a conseguir. Porque tú no estás hecha para eso. Porque aquél día no estuviste atenta y lo que no se aprende de niño, ya no se aprende jamás. Lo tuyo es mirar cómo cae la lluvia a través del cristal translúcido y calcular si te dejarán ponerte las katiuskas o tendrás que llevar los horribles zapatones para el por si acaso. Cuánto me hubiera gustado escribirlo a mí. Toda la novela. Pero voy a robar el final. Tal vez exagerado en este caso, pero lo siento tan mío que ni siquiera me voy a molestar en tunearlo, porque, ahora mismo, esta es la mejor explicación que puedo dar a cómo me siento y si alguien me hizo el favor de expresarlo tan bien, ¿quién soy yo para cambiarle ni una sola coma? Con su permiso, Don Gabriel: “… Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrastrada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra” Larsson. Insomne. Medicada en el Heskorian
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LAS PRINCESAS QUE VIAJABAN EN COHETE
Era el momento de hablar del futuro. La profesora reunió a toda la clase en círculo y les hizo la pregunta del millón:
¿ya habéis pensado lo que vais a ser de mayores, chicas?
Algunas niñas, las más espabiladas, sonrieron como el gato que se comió al ratón. A pesar de no tener más de siete años algunas de ellas ya sabían lo que querían ser desde el mismo día en que nacieron. Otras, se retorcían los bajos del babi y miraban al suelo rogando porque ese día no diera tiempo a que ellas tuvieran que contestar a semejante pregunta. ¿Cómo iban a saber lo que querían ser de mayores si aún no habían decidido lo que iban a pedirles a
los Reyes? ¿De verdad iban a ser alguna vez "tan" mayores? Solo había una que ni sonreía ni escondía la mirada. Tampoco levantaba la mano con impaciencia para ser preguntada. No tenía prisa. Además, conocía los efectos que su respuesta iba a causar y sabía que era mejor esperar.
- ¿Qué vas a ser tú de mayor, Cristina?
- Yo voy a ser misionera, señorita. Para ayudar a los negritos de África a comer.
- Muy bien Cristina. Eso está muy bien. Hay que ser caritativa.
- ¿Y tú, María?, ¿qué quieres ser de mayor?
- Yo quiero ser enfermera. Para ayudar a los médicos a curar a los enfermos.
- Pues también está muy bien porque los médicos tienen mucho trabajo y ellos solitos no pueden con todo.
- ¿Y las demás? ¿Qué vais a ser?
Peluquera, tendera, ministra (carcajada general), ama de casa, enfermera, peluquera, yo aún no lo he pensado (mientras seguía retorciéndose los bajos del babi)...
Y así, una por una, aquellas niñas de mediados de los setenta a las que, salvo una que pensó en llegar a ser ministra, jamás se les ocurrió que alguna de ellas podría llegar a ser médico o arquitecto, albañil o militar, porque en aquellos tiempos las mujeres no podían ni imaginar que llegaría el día en que podrían ser lo que quisieran tan solo con su esfuerzo y con los cambios que la sociedad iba a obligar a efectuar en sus leyes, fueron desgranando sus sueños de futuro.
- Maribel... faltan cinco minutos y aún no nos has dicho qué es lo que quieres ser tú de mayor. Venga, anímate.
- Yo voy a ser Princesa, señorita.
Esta vez la carcajada fue unánime. Pero Maribel ni se inmutó.
- Pero Maribel, hija, ¿cómo vas a ser princesa? ¿No comprendes que para ser princesa hay que ser hija de rey o casarse con un príncipe? Y tu padre es taxista. Los príncipes no se casan con las hijas de los taxistas.
- Pues yo voy a ser Princesa.
Se afanaba Maribel en su idea y no había quien la sacara de ella.
- ¿Y cómo vas a conseguirlo, si se puede saber?
- Pues muy fácil. Me voy a construir un cohete. Morado, con estrellas de purpurina plateada para adornarlo. Ah, y también me voy a hacer una corona de cartulina dorada. Así cuando me vean aterrizar con mi cohete todo el mundo sabrá que soy una Princesa y me tratarán como a tal. Y cuando yo vuele siempre me acompañarán el sol y los planetas. Ellos me darán energía suficiente para volar porque a mi cohete lo pienso poner un motor. Pesan mucho y son muy feos. Y también vendrán conmigo los planetas para hacerme compañía y las estrellas para darme luz y no dejar que me pierda por el camino. Y como ellas me guiarán, cuando tenga sueño sacaré mi almohada mágica y echaré una siestecilla. Así, no estaré nunca cansada y cuando despierte siempre estaré sonriendo y eso hará muy feliz a la gente.
- Muy bien Maribel. Pero te falta algo, ¿no crees?
- ¿Algo? Puesssssssssss... no sé, a mí me parece que lo tengo todo. También llevo un montón de chuches...
- No, Maribel. Te falta algo mucho más importante: te falta el Príncipe.
Ahí Maribel sonrió con su sonrisa de Princesa.
- ¿El Príncipe, señorita? El Príncipe no me hace falta en mi viaje.
- Pero... ¿cómo que no? Una princesa sin príncipe ni es princesa ni es nada.
- Señorita. A lo largo de mi viaje conoceré a mucha gente. Muchos se acercarán a mí y me harán creer que son príncipes y a algunos los creeré y puede que incluso los deje subir a mi cohete, pero no serán príncipes de verdad y tendré que mandarlos bajar, hasta que aparezca el príncipe de verdad.
- ¿Y cómo sabrás si es el príncipe de verdad?
- Pues muy fácil, señorita. Los bufones, al principio, te hacen reír. Pero llega un momento en que se cansan de estar siempre contando chistes y haciendo el idiota para divertirte. Y es entonces cuando te hacen llorar. Entonces sabré que no son príncipes.
- ¿Y cómo sabrás que sí lo son?
- Porque los Príncipes de verdad siempre te hacen sonreír. Por muy cansada que estés del larguísimo viaje que has hecho. Aunque tengas que volver a pintar el cohete y volver a pegar las estrellas que se le han caído por el camino.
Aunque a las otras estrellas se les hayan fundido las bombillas y ya no den luz, aunque los planetas estén mustios y ya solo les salga la mitad del halo que siempre les rodea... el que llega y te dice: tranquila, no pasa nada, yo te ayudo
a arreglar este desastre. Y te lo dice con una sonrisa y, a su vez, hace que tú sonrías... ése, Señorita, es un Príncipe.
- ¿Y por qué sabes tú todo eso Maribel?
- Porque ayer le regalé a mi bisabuelo (porque mi bisabuelo es padre de un padre y también era su día) un dibujo de una princesa que iba en un cohete. Le había pegado las estrellas con purpurina y cuando se lo fui a dar una se había caído. Yo me eché a llorar porque había trabajado mucho para hacerle ese dibujo pero él me dijo sonriendo: tranquila, Bella, yo te ayudo a arreglar este desastre... y yo también sonreí. Por eso sé que mi bisabuelo es un Príncipe. Y por eso sé que, cuando sea mayor, me encontraré uno para mí que también me haga sonreír. Y por eso sé también, que para ser una Princesa no hace falta ser hija de un Rey o casarse con un Príncipe.
El silencio se apoderó de la clase. Sonó el timbre para ir al recreo. Cuando todas iban en fila hacia el patio la profesora llamó a Maribel.
- Oye Maribel... ¿arregló tu bisabuelo el dibujo?
- Sí, Señorita. Quedó muy chulo.
- Pues haz una cosa. Cuando el pegamento se haya secado tráelo al colegio. Vamos a colgarlo en la clase para que todas tus compañeras aprendan a distinguir a los bufones de los Príncipes.
- Vale, Seño.
Y Maribel salió muy contenta de clase porque sabía que por muchos bufones que se encontrara a lo largo de su vida, que por mucho que esos bufones la hicieran llorar, al final se encontraría con un Príncipe que le ayudaría a pintarse la cara de la Princesa que ya era.
Y COLORÍN, COLORADO...

Bueno, bueno, ¡que sorpresa! lo habeis reabierto.
ResponderEliminar¿Os lo ha pedido Larsson?
No, no lo ha pedido.
ResponderEliminarEs más, creo que este callejón debería permanecer cerrado como estaba porque así lo quiso ella.
Madi, ciérralo por favor. Yo no me atrevo, no vaya a ser que se cierren todos otra vez.